sábado, 28 de mayo de 2016

Análisis del equipo



El 2016 de Huracán fue complicado. Más allá de todos los escollos deportivos que tuvo que superar, por cuestiones extrafutbolísticas, el plantel vio en peligro su vida. A pesar del enorme condicionamiento anímico que los jugadores sufrieron, Huracán se recuperó de todas las malas y las difíciles que le tocó enfrentar. El temple de este equipo sorprendió a todo el mundo del fútbol.

Febrero comenzó con la gran noticia de la clasificación a la etapa de grupos, pero la alegría duró muy poco. El día que el plantel regresaba del partido de vuelta por el repechaje, el micro que los transportaba volcó, poniendo en riesgo la vida de todos los jugadores y el cuerpo técnico. Además de las consecuencias psicológicas, Huracán debió enfrentar los primeros problemas concretos a sólo diez días de comenzado el año. Tanto Toranzo como Diego Mendoza habían sufrido heridas que los dejarían fuera de las canchas por el resto del semestre. Además de Nervo, que estuvo un mes y medio sin jugar. El Globo tuvo dos fechas sin jugar para recuperarse del accidente, pero eso trajo aparejado que por los siguientes 75 días tuviera que jugar dos veces por semana, sin excepción.

Cualquiera hubiera dicho que el accidente conllevaría una notable merma en el rendimiento y los resultados, pero nada estuvo más alejado de la realidad. Huracán transformó esa situación límite en una causa para unirse. Se convirtió en un grupo muy solidario tanto adentro como afuera de la cancha. El trabajo en equipo fue determinante para aprovechar las virtudes de los más talentosos y esconder los pocos sectores donde hacía agua. La franja central defensiva fue indispensable, tanto antes como después de la vuelta de Nervo. La contundencia con la que defendió su propia área fue admirable. La columna vertebral del equipo se completó con un Wanchope Abila encendidísimo, que se cansó de hacer goles partido tras partido. Él y sus asistidores, los mediocampistas ofensivos, fueron razón fundamental de la levantada del Globo.

Huracán empezó a ganar en todos lados, tanto por la copa como por el torneo, y supo suplir la evidente falta de recambio con orgullo. Sin embargo, tener que jugar casi con los mismos once una vez cada cuatro días terminó jugándole en contra. Las primeras semanas de abril encontraron a un Huracán cada vez un poco más incapaz de seguir el camino vertiginoso que estaba haciendo. Perdió volumen de juego y poco a poco se fue transformando en un equipo Wanchopedependiente. Los pelotazos frontales se hicieron cada vez más comunes en la cancha donde le tocara jugar a Huracán, producto del agotamiento, de la sensación de obligación por ganar siempre en todos lados, de la falta de recursos cuando los más habilidosos tenían partidos malos. Sin embargo, y en gran parte gracias a esa franja central mencionada anteriormente, Huracán pudo sacar adelante su participación en la Copa Libertadores, dejando a un lado la pelea por el campeonato local (aunque ciertamente no se vio demasiado interés por encontrar alternativas a los 13 o 14 jugadores que siempre les tocó estar de entrada).

El Globo recuperó su norte cuando en la copa las cosas empezaron a definirse definitivamente. Sin la explosividad de hacía un mes, ya sin meter muchos goles y arrollar a sus rivales con una delantera contundente, Huracán se transformó en un equipo duro, compacto, especialmente atrás y en el medio. A partir de allí sacó empates importantísimos frente a los rivales más difíciles de su grupo. Fue un equipo mucho más discreto que el que goleaba todos los partidos en marzo, un equipo mucho más medido que actuó pensando siempre en la cantidad de minutos clave que se le venían encima.

Huracán estaba completamente capacitado para pasar a los cuartos de final de esta edición de la Libertadores. No sólo merecía hacerlo si no que mostró las razones en la cancha. Nunca sobró a sus contrincantes pero tampoco se amilanó frente a nombres rutilantes. Fue responsable, consecuente con sus ideas, perfecto conocedor de sus falencias. Pero no contaba con la vergonzosa actuación del árbitro Argote en el partido definitorio por los octavos de final contra Atlético Nacional. Este equipo no perdió. A este equipo le robaron.

Ya sin objetivos en el horizonte, en el torneo argentino perdió un poco el rumbo. Huracán tenía la mente en otro lado y el cuerpo ya no daba para seguir explotándolo. Pese a esto, el Globo jamás se rindió, y ya con un juego bastante previsible y desordenado, enfrentó las últimas fechas con dignidad. Terminó el semestre con la enorme y sorpresiva alegría de la vuelta de Toranzo y un último partido esperanzador respecto a lo que se vendrá después de la Copa América.

Mirando hacia atrás, es muy meritorio lo que el Globo hizo en un semestre que duró solamente tres meses y medio. Las razones por las que no llegó todavía más lejos fueron la falta de recambio, ese triste accidente que hizo aún más corto el plantel, y el arbitraje tendencioso. Este Huracán funcionó muy bien como equipo, tanto en sus mejores como en sus peores momentos. Incluso cuando la única luz de esperanza era que Abila hiciera magia con algún pelotazo, atrás lo acompañaba un grupo que empujaba siempre para el mismo lado.


Con la cabeza clara y el corazón encendido, Huracán dio cátedra de cómo debe jugarse al fútbol.

CeciQuemera

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